Sobre Berrinches y el Cerebro

Los berrinches o pataletas son unas de las situaciones más estresantes para todo nuevo padre. Todos hemos pasado ese momento en el que pensamos que nuestro angelito se ha convertido en el demonio de tasmania y a falta de otra cosa mejor que hacer, terminamos repitiendo las experiencias de nuestra propia infancia, sin estar plenamente conscientes de ello.

El paso número uno para tomar acción positiva frente a un berrinche, es entenderlos. ¿Cómo vamos a reaccionar ante algo que desconocemos?

Entonces, empecemos por ENTENDER.

La real academia de la lengua española tiene las siguientes definiciones:

Pataleta:
1. f. coloq. Convulsión, especialmente cuando se cree que es fingida.
2. f. coloq. Disgusto, enfado.
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Aunque no están definidos de igual manera, berrinche y pataleta significan lo mismo y se utilizan uno u otro dependiendo del país. Aquí en México hablamos de berrinches, y estoy casi segura que alguna vez alguien (generalmente sin hijos) les ha preguntado si su hij@ es berrinchudo.

Esto me parece muy curioso, ya que uno no puede SER algo que es un estado temporal, de igual forma que si corremos 1 minuto para llegar a algún lugar con prisa, no somos corredores.

En fin, retomando el tema. Entender los berrinches (de ahora en adelante los llamaré sólo así, porque así es como yo los conozco) significa hablar del cerebro y de desarrollo/madurez del mismo a nivel emocional.

Ya que tenemos la definición de berrinche, pasemos a entender por qué suceden.

El cerebro del niño comienza a desarrollarse de abajo hacia arriba y de adentro hacia afuera. Las primeras funciones que se desarrollan son las más básicas de supervivencia, a esta etapa se le llama el cerebro reptil, ya que lo que podemos hacer es similar a las capacidades máximas que poseen los reptiles. Podemos arrastrarnos, hacer ruido (llorar) cuando nos sentimos amenazados o en peligro, eso incluye cuando sienten que su protector está lejos… Aquí predominan el instinto y la supervivencia: huir o pelear.

La siguiente etapa de desarrollo del cerebro es el del cerebro mamífero o límbico. Este maneja las emociones y sentimientos, además de la memoria ligada a estos. En esta etapa del desarrollo que incluso se subdivide en etapas más pequeñas comenzamos pareciéndonos a un pequeño mamífero y terminamos con las habilidades de los primates más avanzados. Somos capaces de sentir amor, enojo, frustración y tristeza con estallidos y en grandes intensidades.

La tercera fase del desarrollo cerebral es el cerebro racional, el neocórtex. Este es el responsable de el raciocinio, el manejo de las emociones y sentimientos del cerebro mamífero, de la visión a futuro y por tanto de la capacidad de visualizar las consecuencias de nuestros actos.

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Existen resultados de una investigación, dirigida por la neurocientífica Sarah-Jayne Blakemore que muestran que la zona del córtex continúa cambiando hasta que las personas alcanzan los 30 años de edad y, en algunos casos, incluso los 40 años. Esta región comienza a cambiar durante la primera infancia (0-7 años), luego se reestructura al final de la adolescencia y tras esto no se detiene sino que sigue cambiando.

¿A qué nos lleva todo este conocimiento? Un niño de escasos 2 años está comenzando muy tempranamente a desarrollar el neocortex que es el que actúa como regulador de las emociones del cerebro mamífero. Sin nada que los ayude a regularse, es lógico que las emociones los inunden. Si está feliz, está MUY feliz. Corre, grita, brinca de felicidad. Si está triste, está MUY triste. Hace cara de puchero, baja la cabeza, llora desconsoladamente. Si está enojado, está MUY enojado. Patalea, aporrea, grita, pega, se pone rojo… Por esto, muchos llegan a pensar que está “actuando” porque se ve tan exagerado que no creemos que sea real. Todo lo contrario, estamos presenciando la expresión pura de un sentimiento, sin reguladores.

Los berrinches son sanos en el desarrollo cerebral y deseables ya que presentan múltiples oportunidades de práctica para poner en uso la comunicación entre el cerebro mamífero y el neocortex. Y recuerda que mientras más estimulación tenga una conexión neuronal mejor prevalece.

¿Han conocido jóvenes o adultos que “explotan” cuando algo no les sale bien? Muy probablemente su neocortex aún no está desarrollado por completo, o no se desarrolló adecuadamente en su momento. Tal vez les privaron de la experiencia de aprendizaje de los berrinches a base de miedo. No les permitieron experimentar estos ejercicios de madurez cerebral y por ende esas conexiones neuronales aún no están sólidas.

Así que… ¿cómo podemos apoyar a que nuestro hijo tenga un óptimo desarrollo a tiempo de esta zona cerebral para que no la tenga incompleta a los 40? Actuando como su regulador, haremos las veces del neocórtex.

Si está muy triste, lo abrazamos, lo apapachamos, estamos ahí para consolarlo. Si piensas que no debería estar triste porque consideras que la situación no lo amerita, recuerda que para ellos todo se vive con intensidad, así que, sí… Toda situación lo amerita.

Consolar la tristeza resulta fácil… ¿Pero qué pasa con el enojo? Es aquí donde les llamamos berrinches, ¿no? Pero quitemos el nombre del camino. ¿Qué podemos hacer cuando el enojo de nuestro hijo es tal, que no encuentra otra manera de sacarlo que gritando, pataleando, golpeando y llorando?

Nuestro trabajo es actuar como reguladores, así que con mucha paciencia, amor y empatía debemos tratar de calmarlo y activar el poco neocortex que tenga desarrollado. En esos momentos es inútil tratar de razonar, intentarlo es incluso echar más leña al fuego. Lo fundamental es primero calmar, luego razonar.

Calmar… Muchas veces quien tiene que hacerlo primero es uno. Si permitimos que la situación nos altere perdemos el dominio de la misma. Me calmo yo, empatizo, demuestro amor y hago preguntas para entender (y porque las preguntas llaman al raciocinio, y así estoy tratando de despertar al neocortex para que ayude a apagar el fuego). Una vez calmados, después de un abrazo y un rato de silencio, podemos platicar al respecto, si es necesario.

Se dan situaciones en las cuales el niño no quiere ni siquiera ser tocado, o que le hablen. La respuesta en ese caso es acompañar, no ignorar. Acompañar e intentar hablar con voz muy suave, lenta y calmada. “Te entiendo, eso puede ser muy frustrante” o “Veo que estás realmente enojado, se vale, ¿puedo ayudarte a recobrar el control de tus emociones?”. Encuentra tus propias frases. Al inicio será una experiencia nueva y rara, pero poco a poco tú también adquirirás más práctica en su manejo. No es fácil, hay que hacer mucho trabajo personal en el camino, pero lo vale. Ayudarás a tu hijo a crecer más sano emocionalmente y de paso crecerás tú.

¿Qué te parece? Espero que haya logrado transmitirte un poco de teoría detrás de los berrinches y que con esta información los mires bajo una diferente perspectiva.

Si te parece útil la información, ayúdame a compartirla para que juntos logremos un mejor entiendimiento de ellos en la sociedad en que vivimos.

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