¡Yo puedo sola!

Muchas veces me he cuestionado sobre la ayuda de más que tiendo a ofrecerle a mi hija. No sé tú, pero yo fui educada en un ambiente donde se trataba de evitarme frustraciones. Después de todo, para eso estamos los padres, ¿no? Para guiar a nuestros hijos y advertirles antes de que cometan errores para que aprendan… Pero… También dicen que nadie escarmienta en cabeza ajena. Entre tanto va y ven de mi mente a lo largo de estos años den maternidad he llegado a la conclusión de que mientras menos intervenga, mejor. Por supuesto que si se trata de una situación de riesgo, es otra cosa. Pero mientras la integridad de mis hijos no esté en juego, trato de intervenir lo menos posible.

Te contaré algo que nos pasó recientemente. Zuri descubrió las llaves de casa de mi mamá que uso cada que vamos a visitarla. Me las pidió para aprender a abrir la puerta y se salió al garage. Evalué la situación y era segura. Yo la veía desde el ventanal, que va desde el piso hasta el techo; la puerta de la calle estaba cerrada y no había peligro alguno. Permanecí cerca de la ventana mientras oía y observaba cómo intentaba abrir la puerta con la llave. Poco a poco su frustración por no lograrlo se iba elevando. Mi mamá llegó en ese momento y le abrió la puerta, a lo que Zuri respondió con un fuerte no, y volvió a cerrarla. Comenzó a llorar de coraje…

Le dije: Zuri, ¿te puedo ayudar?
– No, yo puedo sola.
– Bueno, si quieres que te ayude en algo, aquí estoy, del otro lado de la puerta.
– No, gracias, mamá… Alcanzó a decir todavía entre sollozos.

Después de un breve silencio, me dijo: “no se deja, no sé qué hacer”. Le dije que se asegurara de empujar bien la llave antes de intentar girarla. Lo hizo y giró finalmente, pero al lado incorrecto. En lugar de abrir la puerta, la aseguró. En ese momento, llegó mi abuelito y se sumó al coro de mi mamá que le repetía: “deja que tu mamá te ayude”. Pero siempre se topaban con un decidido NO… Yo puedo sola.

Podía ver la angustia en la cara de mi mamá y abuelo… Y podía oír la desesperación en el llanto de Zuri, quien a pesar de todo no dejaba de intentar. Comencé a animarla, diciendo: yo sé que puedes, Zuri, ya lo hiciste, sólo gira al lado contrario. Tú puedes, vamos, lógralo. Serénate un poco y hazlo. Tú puedes… Estaba terminando de decir eso cuando PUM, se abrió la puerta y fui testigo de la transformación en la cara de mi hija, de un llanto de coraje/frustración a una sonrisa de orgullo y triunfo, así instantáneamente. La abracé y la felicité. Pasaron sólo unos segundos cuando soltó mi abrazo, sonrió y volvió a salirse y cerrar para volverlo a intentar. Esta vez la abrió al instante. Y así lo repitió unas 8 veces. Todas exitosas.

¿Qué hubiera pasado si mi desesperación por protegerla del sufrimiento o frustración que sentía se hubiera interpuesto? Habría impedido su aprendizaje y su sensación de logro. ¿Cuántas veces no hacemos esto cuando les ayudamos a vestirse, a comer? Cuando salimos al rescate al primer descontento, en lugar de permanecer al margen, atentos, animando…

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